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9 de enero – Razones

“Mirará el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho.” Isaías 53:11(RVR)

No hay en toda la Escritura un texto profético que hable del Señor Jesús con tanta claridad y dureza como Isaías 53. Es el pasaje por excelencia, que revela los padecimientos del Mesías y nos demuestra la magnitud de sus sufrimientos. Isaías expone con mucha crudeza la realidad que iba a soportar el Hijo de Dios.

Uno no puede menos que estremecerse, al leer este corto capítulo que relata la tremenda historia de las tribulaciones de Cristo.

No sólo lo que sobrellevó físicamente: la terrible agonía de la cruz, los clavos, los latigazos, los golpes, la corona de espinas (un sufrimiento que supera todo lo imaginable), sino que también detalla los tormentos espirituales que padeció, la soledad, el desprecio, la indiferencia, la mentira, la calumnia, el desamparo de su Padre. Él, que nunca conoció pecado, fue hecho pecado.

Si uno hiciera un inventario de los padecimientos de Cristo, costaría creer que un ser pudiera soportar tanto. Y hay algo aún más terrible que todo esto, dice Pablo, que al que no conoció pecado Dios lo hizo pecado por nosotros. Resulta incomprensible pensar en Cristo y en el pecado al mismo tiempo. Son totalmente opuestos, Cristo es la Santidad, la Pureza, y sin embargo, en la cruz, se vistió con tu pecado y con el mío.

Esa fue la razón por la cual el Padre oscureció la tierra durante tres horas, como si quisiera tapar el espectáculo atroz de ver a Jesús manchado con mis pecados. ¡Cuánto amor nos debe tener Dios para hacernos este regalo! Pero hay un regalo adicional que me conmueve profundamente.

Dice Isaías, que Jesucristo va a ver sus sufrimientos y sus angustias y va a mirarme a mí, un pecador redimido, un pecador salvado, un pecador rescatado y va a quedar satisfecho. Como si todo lo que pasó fuera poco comparado con el placer de tenerme cerca de Él.

El mismísimo Señor glorioso del universo, en el cielo, sentado en Su trono de majestad, marcado por los clavos y las espinas, está esperando el momento de reunirse conmigo, un simple mortal débil y pecador. Y como dice un viejo himno “El placer común tendremos, en la gloria allí, yo al estar en su presencia y Él al verme a mí”. ¡Glorioso privilegio!

REFLEXIÓN — Una razón para adorarle.