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8 de febrero – Descubrir

“Pero yo despojaré por completo a Esaú; descubriré sus escondites, y no podrá ocultarse.” Jeremías 49:10 (NVI)

 

Cuentan que un famoso explorador ingresó en una profunda caverna. A medida que descendía sus ojos se iban habituando a la oscuridad, y sus sentidos a la humedad y a los olores de la cueva. Llevaba una poderosa linterna, pero no quería usarla. Estaba dispuesto a forzar al máximo sus sentidos para ver hasta donde llegaban. Avanzaba unos pasos, se detenía, esperaba hasta acostumbrase y avanzaba otro poco. Cuanto más tiempo pasaba dentro de la caverna, más se familiarizaba con el silencio, la humedad, y la densa penumbra.

Hasta que se sintió cómodo. Podía moverse por la caverna con cierta facilidad y confianza. Se sentía seguro en sus movimientos sin necesidad de utilizar la linterna, se había adaptado a estar en el interior del lugar. Pero en un momento dado prendió su linterna y pudo ver con total claridad todos los detalles del lugar en que estaba.

¡Ni se imaginaba todo lo que se estaba perdiendo de ver por pensar que se había acostumbrado a la oscuridad! Él creyó que iba bien, hasta que se percató de que la luz de la linterna le revelaba ciertos escondites que de otra manera le hubiera sido imposible descubrir.

Esta misma idea tomó Jeremías cuando les dijo a los descendientes de Esaú que Dios iba a descubrir sus secretos y escondites. La luz de la mirada divina penetra hasta los rincones más oscuros y escondidos del corazón y revela lo que queremos ocultar. No hay nada que pueda escapar de su profunda observación.

Tal vez estamos habituados a vivir en la opacidad de nuestra rutina, en la humedad de nuestras costumbres ambiguas. Ni tan pecadores como para ser señalados por nuestro entorno ni tan santos como para marcar la diferencia. Quizá vivimos en la mediocridad de la penumbra. Nos acostumbramos, pensamos como el explorador, que estamos bien.

Dios tiene otra mirada. Tiene otra luz. Cuando Él ilumina la vida, revela los cientos de detalles oscuros y sucios que pasaban desapercibidos por la penumbra en la que nos movíamos. Frente a la santidad y pureza de Dios, cada pecado surge con su real suciedad y magnitud. No podemos ocultarlo, queda al descubierto y se hace evidente.

Dios pone de manifiesto lo más profundo de las cosas escondidas en tu corazón. Que no muestre nada vergonzoso.

REFLEXIÓN – Dios te descubre siempre.