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15 de marzo – Héroe

“Entonces les responderá diciendo: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.” Mateo 25:38 (RVR)

De niño siempre quise ser un héroe, y recibir por un hecho protagónico el reconocimiento de todos. Cuando crecí, me di cuenta de que era muy difícil que fuera a realizar esa magnífica acción. En cambio, supe que todos los días iba a realizar actos comunes, nada deslumbrantes y seguramente aburridos. Nada que generara admiración o aplausos.

La vida cotidiana tiene mucho de esto: rutina, acciones repetidas, regularidad. Y es justamente allí donde apunta Jesucristo. Y nos da una lección maravillosa de la importancia de las cosas cotidianas, cuando comenta en este pasaje quiénes serán recompensados en el cielo por el Justo Padre y Juez. Aquellos que dieron un vaso de agua o algo de comer a un hambriento, o visitaron a un solitario.

Dios no nos pide algún hecho espectacular, sino la continuidad de los hechos cotidianos: mantener una actitud de amor hacia los demás, sin espectacularidad, pero con constancia. Una palabra de aliento, un abrazo, un pañuelo para secar las lágrimas, una nota escrita con cariño, una visita oportuna, son cosas que para muchos no tienen valor, pero para Dios son gestos enormes. Y aunque a veces cansa, debemos continuar.

Martín de Tours era un soldado romano y cristiano. Una noche de invierno entró en un pueblo, y un mendigo, en la puerta de la ciudad, le pidió una limosna. Martín no tenía ni una moneda. Era de noche y estaba cansado, pero vio que el mendigo estaba azul de frío. Y sin decir nada, se sacó su capa de soldado (una capa gruesa y abrigada, gastada por los años y descolorida), y la cortó al medio con su espada.

El mendigo lo miró sorprendido y le dijo: ¡Gracias! Martín siguió su camino. Pero esa noche tuvo un sueño. Y soñó ver en el cielo, cientos de miles de ángeles adorando a Cristo, y en el medio de esa reunión, tan gloriosa, Jesucristo, ensalzado, magnífico, tenía en sus hombros la mitad de una vieja y gastada capa de soldado.

– ¿Por qué tienes ese viejo trapo, pudiendo usar la ropa más gloriosa del Cielo?- preguntaron asombrados los ángeles
-Porque me la dio mi siervo Martín, respondió Jesús sonriendo.

REFLEXIÓN — Una pequeña acción, un enorme gesto.